Sólo
hay dos autores que literal e invariablemente me hacen llorar con sus libros,
lo mejor de todo es que es de risa; aquí los nombro en el orden en que sus
escritos llegaron a mi vista: Joaquín Salvador Lavado (Quino), con cualquiera de
sus libros de Mafalda y Germán Dehesa, en sus múltiples presentaciones:
programas de radio, artículos y libros. Este último autor es quien me ocupa en
estos momentos. Cada vez que tengo un libro de él en las manos sé que primero
voy a destornillarme de la risa; y que después, de alguna forma y a causa de
ésta, terminaré llorando. Es por eso que se le extraña.
No
intentaré entonces escribir una reseña sobre “Cuestión de amor” porque cuando
algo me gusta tanto la emoción y las palabras se atropellan una a las otras,
motivo por el cual la invitación a la lectura queda estropeada. Pero a cambio
me permitiré transcribir el artículo que logró despertar alegría al mismo
tiempo que hizo rodar mis lágrimas y como por 5 minutos no me dejó terminar de
leerlo en voz alta a mi hermana.
La muda pena
De
un modo casi siempre inadvertido e impenetrable, el destino va urdiendo su
tela y preparando desgracias mayores y
menores. La que ahora reseñaré corresponde a la segunda categoría. En algún
momento reciente, nuestra Casa de Moneda decidió imprimir billetes de mil
pesos. Quedaron bonitos, aunque de un color algo indefinido. Hace apenas dos
semanas, un amigo me mostró un ejemplar del nuevo billete. Como soy patarato y
novelero, de inmediato le propuse a mi cuate cambiarle su novedoso billete. Él
accedió y yo lo introduje con celeridad en mi cartera sin detenerme a pensar
para qué o por qué lo quería. Soy capitalino y como tal, jamás traigo conmigo
cantidades excesivas de esas que pudieran despertar la ambición de los
numerosos cacomixtles que pululan por esta ciudad. Bien lo decía mi madre: trae
contigo exclusivamente el dinero que necesites por si tiras a un charamusquero.
Me ocurrió lo que me ocurrió como a esa mujer que exhiben en los ferias y que
se volvió araña por desobedecer a sus padres.
Pasaron
unos cuantos días y me llegó la hora de visitar a mi médico en jefe. Viernes,
seis de la tarde, penumbrosa recepción del consultorio de mi doc. En lo que
llegaba mi turno, leía yo un libro harto interesante de la orden templaria.
Sobre mi libro cayó un pedazo de cartón, alcé los ojos y me topé con una chica
veinteañera que me hacía señas de que leyera lo que el cartoncito decía.
Mientras cumplía esa tarea, la jovencita distribuía cartoncitos similares entre
los otros pacientes que aguardaban turno. “Somos la agrupación de mudos de no
sé dónde, que agradeceremos muchísimo su cooperación”. Eso es lo que decía el
cartoncito. La muchachona comenzó una segunda vuelta y uno a uno le fueron
devolviendo los cartoncitos y poniendo cara de que no iban a cooperar. Chin,
pobres muditos, pensé yo; si algún día, cosa improbable, yo enmudeciera, me
gustaría que la gente fuera más solidaria. Cuando la chicuela se presentó
frente a mí eché mano a la cartera y pensé: le voy a dar cien pesos. Los tomé,
se los di, ella salió, regresó transfigurada y frente a mí se operó un
inesperado milagro. La muda habló y me dijo: “¡gggashas!”. Dijo esto y salió
echa la cochinilla.
En
ese momento, un relámpago y una certeza cruzaron por mi mente: ¡le di el de a
mil! En efecto, lectora lector querido, confundí el billete en la penumbra y se
me agachó un cero. Y ya dibodobadito. Ni modo que saliera como enloquecido a
corretear a la muda y nos enfrascáramos en un duelo tan brutal, que
dejaría mi imagen pública a la altura
del betún. Ahí me quedé desolado en el consultorio. “Te noto deprimidón”, me
dijo el doctor cuando me recibió. No me solté llorando porque soy estoico y
porque, un poco sin querer y sin prometer el oro y el moro, fui por algunos
instantes un Mesías que realizó un milagro (de a milagro). He quedado mudo de
la pena.
DEHESA,
G. (2007). Cuestión de amor. México: Diana. p. 258-259.
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